Editorial

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Chihuahua, Chih..- 

Frente a la deconstrucción como ideología.

* Lo Caro de Olvidar.

Estamos pagando caro los errores del pasado, y no me refiero exclusivamente a los errores que otras generaciones nos heredaron, me refiero también a las propias decisiones que tomamos hace años, hace meses, hace semanas.

Permitimos que se invirtiera la escala de valores, dejamos que lo que antes era malo ahora sea bueno, y las consecuencias de un relativismo absurdo están a la vista. Disfrazamos de tolerancia lo que va contra la naturaleza, disfrazamos de libertad de expresión lo que sabemos hace mal a nuestra sociedad, importando muy poco que por el lucro de unos pesos el día de mañana suframos malas, muy malas consecuencias.

Descuidamos cosas importantes por comodidad, por no interesarnos, por no prever sus consecuencias, porque era tarea “de otros”, y hoy esa falta de atención nos provoca serios problemas que ya no sabemos como detener.

Dejamos de tener respeto, pensando que era bueno no estar sujetos, creyendo firmemente que con ello dejaríamos de tener miedo, hoy tenemos un miedo que nos arrostra y hasta nos ha cambiado los hábitos, porque ya muchos dejaron de tener respeto a la Ley.

Dejamos atrás muchas cosas pensando que estábamos evolucionando como sociedad, pero la realidad nos demuestra que los pasos dados no fueron hacia delante en todos los casos, el retroceso es tremendo y al dejar hacer y dejar pasar, hoy no sabemos como volver a empezar, y esperamos que alguien haga “algo” para sacarnos del atolladero en el que nos metimos todos. Sí, todos.

Sí, porque recordemos que antes era bueno formar a los hijos, pero desde hace años es malo regañarles o reprenderlos por malas acciones; por eso hoy tenemos a muchos en las calles que no saben respetar el derecho de los demás.

Antes era bueno señalar a quienes con su conducta alentaban el delito, pero desde hace años es malo, porque discriminamos o atentamos contra la libertad de expresión; sin ponernos a pensar que callar la existencia de un delito siempre es a favor de los delincuentes.

Antes era bueno ser honrado, pero desde hace años pensamos que el que no tranza, no avanza; pensamos que honradez es sinónimo de ser tonto, hoy la ola de robos de todo tipo es la plaga que, alimentada con la impunidad, carcome la moral y la esperanza de toda una sociedad.

Sí, descuidamos cosas importantes, pensamos que la labor de policía la podría hacer cualquier persona, pagándole muy poco salario y permitiéndole que hiciera sus “negocios” para completar el gasto; hoy no entendemos porqué están tan infiltrados nuestros cuerpos de seguridad por el crimen organizado.

Pensamos que para atrapar alimañas se necesitaban alimañas mayores, pues para malo, malo y medio, y dejamos de lado los métodos científicos y la preparación de verdaderos peritos; hoy a pesar de tener laboratorio de periciales, nuestros expertos en balística sólo son especialistas en recoger miles de casquillos de las calles y, en el mejor de los casos, archivistas del crimen.

Siempre supimos que las cárceles eran la universidad del crimen, no nos empeñamos en preparar cuerpos de celadores profesionales y vigilar que se cumplieran normas de verdadera corrección; hoy vemos que las bandas operan desde los penales, porque operar desde ahí es más seguro. Vemos con regularidad que el Cereso de Aquiles Serdán está tomado, con reos lesionados, quemados, y las autoridades creen que violentando el estado de derecho se van a acabar las violaciones al mismo que se han cometido por décadas.

Sí, dejamos de tener respeto, y hoy nos damos cuenta que pocos nos tienen respeto.

Obviamente todo lo anterior es dicho con un alto grado de respeto hacia esos policías, esos celadores, esas autoridades que sí cumplen con la Ley, ellos saben mejor que un servidor que lo aquí dicho es verdad, pueden corroborarlo desde su posición de primeros testigos de las anomalías; a ellos, las excepciones de estas tristes reglas, el reconocimiento y la esperanza de que no todo está perdido.

Una vez planteada la crítica lo mejor es formular propuestas, pues de poca ayuda es quien sólo está señalando los errores y nada hace por enmendarlos, por ayudar a que se corrijan.

Cada uno de nosotros debemos volver nuestros pasos, reflexionar serenamente sobre los buenos consejos de nuestros mayores y recordar porqué dejamos de ponerlos en práctica.

Pero, bueno, dirá quien lee esto, ¿qué tiene que ver eso con que los policías o los celadores o las autoridades?, pareciera que nada, pero ¡Ese es precisamente otro punto que no nos permite cambiar!, el estar condicionando nuestro actuar (e incluso nuestro pensar) a cuestiones inmediatas.

Al hablar de los buenos consejos de nuestros mayores, nuestros antepasados, no se hace referencia únicamente al deber ser en la casa, el trabajo o la escuela, sino a la actitud de respeto hacia la vida, una actitud que conlleva la exigencia de respeto tal hacia los otros que se entiende como el respeto que exigimos para nosotros mismos.

Hablar de las buenas tradiciones y los viejos respetos de nuestros mayores es hacer lo que nos corresponde, evitar hacer lo que está prohibido y señalar lo que está mal, porque provoca cosas malas, así de simple.

Hoy pareciera que señalar lo que está mal es discriminar o hacer mal al otro, por una falsa idea de respeto que se nos ha inculcado desde fuera de nuestras fronteras. Luego entonces, irónicamente diremos que si señalar está mal, exigir también está mal, pues es algo que sólo hacen los radicales; sólo así podemos entender lo que nos pasa hoy, así podemos entender porqué no cambian las cosas.

Hace algunos años, escuché a un pensador chihuahuense afirmar que ante el final de las ideologías inicia el tiempo para nuevas ideologías. Quizá sea cierto para quienes piensan en términos dialécticos.

Pero también es tiempo de considerar que todas las ideas que nos llevaron al estado de cosas actual probaron ya su rotundo fracaso.

Una nueva ideología conllevaría experimentar nuevas formas de la cultura, nuevos paradigmas, pero hoy los tiempos no son propicios para eso. Necesitamos volver a retomar valores y conductas que hace muchos años nos forjaron como cultura, como nación, como Estado. Y no hablo de leyes o democracias, hablo de creencias, de valores, de convicciones y acciones.

Pareciera lo anterior una convocatoria para volver al oscurantismo, al medioevo, a esos tiempos tan satanizados y que hoy son sinónimo de intolerancia y autoritarismo; pero no nos confundamos entre un sistema de gobierno y un sistema de creencias, de costumbres y de valores.

Retomar las raíces del respeto, del sano temor por incurrir en el daño a sí mismo o a los demás, es un paso, pues ello nos llevará a formarnos y a formar a nuevas generaciones con otra visión del ser social, de respeto a lo que es bueno para el hombre en cuanto sigue siendo hombre.

En síntesis, modificar los modelos educativos tanto en casa como en la escuela es la base para lograr recomponer tantas cosas que están deterioradas, en el mediano pero sobretodo en el largo plazo.

Hacerlo de otra forma significaría sacrificar nuestras libertades, ahí sí, en aras de un estado totalitario que venga a rescatarnos de los malos que hoy tomaron los espacios públicos, pero aún así esto no sería posible, pues no hay garantía de que los gobiernos lo puedan hacer, ya que están infiltrados por los mismos malos, no sabemos hasta donde, pero sabemos que sí lo están.

Además, tristemente, a pesar y con el pesar de ser una democracia liberal, no podemos esperar a que las soluciones nos lleguen de otro lado, necesitamos cada uno hacer lo que nos toca para cambiar el estado de cosas actual y, como ya se ha dicho, cumpliendo y exigiendo el cumplimiento del deber ser, es como cada uno podemos, de inicio, contribuir al cambio que nos devuelva la esperanza.

Rodrigo Ramírez T..



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